Mentirosos

En su viaje a los infiernos, Dante no dice nada pero yo estoy convencido de que hay un infierno para los profesores de español pues mentimos como cosacos. Sirva esta confesión como un mea culpa público que igual me libre de descender a ese nivel del averno.

Mentimos a nuestros alumnos. Cada vez que un profesor dice en clase cosas como “siempre”, está engañando a sus estudiantes y un diablillo afila su tridente para pincharle el culete. Lo mismo con el “hay unos pocos irregulares”, “no, eso no existe” o con tantas y tantas cosas que les decimos. Seguro que tienes algún ejemplo en mente. Claro que sí, exacto.

Y el caso es que esta mentira forma parte intrínseca de enseñar. Nuestras mentiras protegen a los alumnos de miedos y momentos de pánico (y a nosotros de dudas incómodas que no podríamos resolver sin acudir a elementos de un nivel superior al de nuestros estudiantes), les hacen sentir que pueden tener el control, que una lengua se puede domar. Supongo que porque somos conscientes de esto mentimos sin pudor. “Es una mentirijilla piadosa” nos decimos mientras bajamos la mirada hacia el libro y pasamos de página.

¿Es posible evitar estas mentiras? Creo que he llegado a ver a algunos profesores afirmar que sí, que es posible. Yo, personalmente y tras una década en el aula, creo que no sólo no es posible sino que tampoco es recomendable. Intentaré explicarme.

Mentiras que ayudan

Cuando un estudiante de A1 se enfrenta desarmado a una gramática nueva, necesita nuestro apoyo. Tenemos que tenderle la mano y ayudarlo a trepar hasta alcanzar el siguiente escalón (nivel). Tampoco se trata de hacer de esto un paseo por las nubes, suave, delicado y alejado de la realidad mundanal, pero el pobrecito estudiante, desvalido, nos lo agradecerá. Es por eso que en el aula se da un proceso similar al de la impronta en las aves; estas, al salir del cascarón, graban en su mente la imagen que ven como la imagen de su madre. Nuestros alumnos, al vernos ahí, se convierten en nuestros patitos. Para siempre.

Y por eso mentimos. Para protegerlos. Ponemos nuestra ala sobre sus cabezas para que no se mojen bajo la tormenta de dudas, irregularidades y excepciones. Sin esto, empapados y frustrados abandonarán el curso para dedicarse a otra cosa, probablemente a la meditación Zen o al feng shui, algo que ponga orden a su vida.

Mentiras que no ayudan

Pero no todo vale. Esas mentiras piadosas tienen límites. No podemos ni negarles mirar hacia lo que les espera en futuros niveles ni esconder nuestras lagunas. Estas son las mentiras que de verdad hacen daño, las que aparecen cuando no sabemos responder a una duda, las que crecen como setas una vez se empieza a decirlas. Hagamos de tripas corazón y aceptemos que no somos perfectos (yo casi lo soy, pero solo casi, así que imagínate tú), que hay temas de gramática que necesitamos preparar más para dar una explicación adecuada, que no sabemos el vocabulario de los 22 países donde se habla español, que no conocemos la traducción de una palabra o que nos hemos equivocado al poner un ejemplo o escribir algo en la pizarra.