El amor y la universidad–la asignatura suspendida

Las aulas están llenas de suspiros de los estudiantes enamorados. Los profesores y las profesoras misteriosamente se sitúan entre las profesiones que más atracción despiertan. A pesar de ser una atracción fatal, su presencia es tan palpable como aquella larga cola de estudiantes que decidieron apuntarse al curso de euskera  los viernes por la tarde porque los ojos de Aitor eran tan verdes como Euskadi mismo[1]

 

Algunos estudiantes abandonan mi curso porque prefieren las clases con el profesor de Cantabria siempre dulce y sonriente.  No hay manera de convencerlos de que después de una semana de curso inicial es mejor no matricularse en una asignatura de nivel avanzado. Otros se cambian de grupo por la irresistible longitud de las piernas de la otra profesora de ELE. Decisión comprensible en ambos casos, aunque indudablemente peligrosa.

 

La figura del maestro está dotada de nociones como autoridad y dominación con una capa de azúcar.  Debido al papel que desempeña en clase, el profesor gestiona el trabajo del grupo, controla las actividades, otorga premios y  castigos, obliga a trabajar, exige resultados, evalúa el esfuerzo pero al mismo tiempo escucha, comprende, anima, apoya y ayuda. Una combinación explosiva que junto con la química hormonal lleva a muchas situaciones incómodas.

 

Nunca he comprendido por qué tan pocas universidades prohíben rotundamente las relaciones entre profesores y estudiantes.  Es una razón más para seguir el camino de Harvard. Si las empresas pueden prohibir las relaciones sentimentales ¿por qué no las universidades? Quizás una señal de stop desembriagaría a muchas personas que se han metido en un jardín o están a punto. Naturalmente, los detractores dirán que todos somos adultos, que el amor no tiene límites, que tampoco es para tanto y que conoce a muchas parejas felices cuyo amor nació entre la pizarra y el pupitre. Felicidades y buena suerte.

 

No obstante, el culpable del drama amoroso, no es la falta de prohibición explícita de mantener las relaciones entre profesores y estudiantes, sino la falta de distancia.

 

Precisamente por su condición de superioridad en la jerarquía universitaria,  es el profesor quien debe guardar la distancia de seguridad, con el objetivo de proteger a sus alumnos de un desengaño amoroso.

De gran ayuda es la ropa adecuada. La ausencia de minifaldas, tacones y escotes permite resguardar al cuerpo en la sombra. Por supuesto nuestro intelecto también deslumbra pero aquí no hay manera de esconderse.

La presencia de alianzas, fotos de nuestros hijos,  de nuestras mujeres o maridos en el despacho suelen ahuyentar también. Dosificar la información sobre nuestra vida privada trae buenos resultados. Es mejor callarse antes de confesar que adoramos las fiestas, bailar y tomar el sol en topless durante las actividades para practicar el uso “me gusta”/”me encanta”. Personalmente, me gusta reiterar que mi marido, del que estoy enamorada, es muy celoso. 

 

La gran trampa de hoy es internet, donde los estudiantes pueden seguirte y espiarte, así que mejor consumirlo con moderación y cabeza. Aceptar las solicitudes de amistad igual que las invitaciones a las fiestas aumenta el riesgo de la percepción ambivalente por parte de los estudiantes. Demasiada familiaridad, un comentario demás en una situación informal y te será imposible encarrilar la estructura de la clase. Una vez cruzado el Rubicón, no hay vuelta atrás.

 

 A veces es duro resistir el encanto de la energía juvenil con la que te invitan a salir pero no te conviene ceder y si se produce la situación inversa, date unas bofetadas mentales y acuérdate de tu papel en el aula. ¿Ya?

 

 

 

 

[1] Confieso haberme apuntado también. Lo único que sé decir en euskara es aupa. Después de la primera clase, me di cuenta que no podía competir con un escuadrón de rubias altas.