Esos kilitos de más

No dejan de decirnos que vivimos en la “era digital”. Internet está lleno de herramientas geniales para crear materiales y llevar actividades al aula, sin duda. Algunas sencillas, otras complejas. Algunas las dominamos y con otras apenas llegamos a apañarnos cuando no es la frustración de no poder hacer lo que tenemos en mente la que agota nuestra paciencia. Pero somos digitales. Podemos proyectar en clase imágenes, vídeos, ejercicios incluso. Los alumnos pueden acceder con sus teléfonos, tabletas o portátiles a mil y un sitios que queramos.  La verdad es que este tema da para mucho, pero mejor lo dejo para otro día.

Digitales. Y, sin embargo, seguimos yendo cargados de cosas. Algunos profesores [de español] tienen suerte y un solo lugar de trabajo. Otros (me atrevería a decir que la gran mayoría) combinamos varios trabajos en diferentes centros y clases particulares. Los primeros sonreirán al leerme pensando: “¡Pobrecito!” o “Mira, yo también pasé por eso. De la que me he librado”. Los segundos… bueno, ¡profesores del mundo, uníos [para cargar con la mochila de materiales]!

Si dejamos a un lado los diferentes libros con los que debemos cargar (siendo generosos, 3 o 4 porque tendremos clase con diferentes niveles cada día), podemos sumar las fotocopias que hemos hecho (con suerte, una de cada cosa para hacer más copias en el centro de trabajo. Sin suerte, todas las necesarias para todos los alumnos que tengamos) y “lo demás”.

“Lo demás”. Dos palabras apenas, ¡pero cada una pesa un kilo! Rotuladores de varios colores para escribir en la pizarra. Rotuladores por si los alumnos tienen que pintar. Papel de colores para imprimir algo y que quede más vistoso. Bolígrafos varios, no sólo de varios colores (para escribir, para puntuar, para corregir, para…) sino varios del mismo color que hemos ido recolectando de clase en clase, ya sea porque se quedan perdidos ya sea porque involuntariamente se los robamos a algún estudiante tras usar el suyo para corregir, una Diógenes cleptómano, vamos. Y sigue la lista: fichas de verbos, fichas de vocabulario, fichas de juegos de rol, fichas de temas de conversación, fichas de “termina la frase” y “empieza la frase”, tableros (impresos en casa, intentando hacerlo bonito) de algún juego, dados, fichas de parchís que, las pobres, nunca juegan al parchís…

Pero es que además (y anticipándome a quienes ya están murmurando: “bueno, tampoco usarás todo todos los días”), al final, todo, todo resulta necesario. Tal vez un día no, pero el día que decides dejar algo en casa, en un ataque de atrevimiento… ¡zas! Ese es el día en que lo echas en falta.

Nuestros “¿Y si…” y “por si acaso” hacen a Freud frotarse goloso las manos en su tumba. Algún trauma arrastramos, sin duda. Y si no trauma, pues mochila/trolley/saco de patatas...

Aceptémoslo, los profesores somos el colectivo al que más le cuesta quitarse esos kilitos de más.