Sí, sí, sí, o cómo trabajar con alumnos asiáticos

Un lunes de invierno, entro en clase y empiezo a dialogar con mis alumnos asiáticos:
Yo: ¡Buenos días!
Ellos: ¡Buenos días!
Yo: ¿Qué tal?
Ellos: Bien, bien.
Hasta aquí, bien, pienso, y sigo, animada:
Yo: ¿Habéis estudiado?
Ellos: ¡Sí, sí, sí!
Yo: Muy bien. ¿Está todo claro?
Ellos: ¡Sí, sí, sí!
Yo: ¿Habéis hecho los deberes?
Ellos: ¡Sí, sí, sí!
¡Qué aplicados!, pienso.
Yo: ¿Qué día es hoy?
Ellos: ¡Sí, sí, sí!
Madre mía, estoy en medio de un diálogo de besugos. Aun así, me aventuro, para confirmar mis sospechas.
Yo: ¿Qué tiempo hace hoy?
Ellos: ¡Sí, sí, sí!
Al principio del curso me propuse que tendrían que hablar porque no hay nada peor que te respondan con silencio a las preguntas. Hablar, hablan, pero todavía estamos lejos de lo que yo tenía en mente.
En vez de abrir otro manual, en búsqueda de una actividad milagrosa que les enseñe a hablar, es mejor reinventarse y cambiar por completo tus maneras. ¿Cómo hacerlo? Primero, olvídate de tus actividades de siempre, de las preguntas que puedan contestarse con un sí y de que todo el mundo vaya a avanzar según tus expectativas. Segundo, simplifícalo todo. Tercero, habla despacio. 
Los chinos y los coreanos están acostumbrados a memorizar pero casi siempre tienen problemas con poner en práctica lo que han memorizado. Aquí reside tu reto: enseñar a pensar en español. En vez de preguntar: ¿Qué día es hoy?, pregunta: ¿Es martes? , y cuando digan sí tres veces, di no tres veces, hasta que se acostumbren a escuchar, a reconocer las palabras y se den cuenta de que su respuesta no funciona.
No compliques las cosas. De verdad, no es necesario describir todos los tipos de nariz y formas de ojos si apenas conoces cuatro verbos. Si priorizas correctamente y eliminas lo superfluo, el alumno asiático te responderá con un compromiso espectacular.
Un cambio de mentalidad es el primer paso tanto para ti, como para ellos.